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los jovenes adventistas y el sexo

 

Los Jóvenes adventistas y el sexo

Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27).* Después de cada acto creativo, Dios dijo que “era bueno” (Génesis 1:12, 18, 21, 25), pero después de la creación del ser humano como hombre y mujer, Dios dijo que “era bueno en gran manera” (Génesis 1:31). Esta apreciación divina inicial de la sexualidad humana como “bueno en gran manera” demuestra que las Escrituras consideran la distinción sexual de hombre/mujer como parte de lo bueno y perfecto de la creación original de Dios.

 

Nota también que la dualidad sexual humana como hombre y mujer está explícitamente relacionada con el hecho de haber sido ambos creados a la imagen de Dios. Como la Escritura distingue al ser humano de otras criaturas, los teólogos generalmente han pensado que la imagen de Dios en la humanidad se refiere a las facultades racionales, morales y espirituales que Dios ha dado al hombre y a la mujer.

La relación sexual dentro del matrimonio permite a la pareja a conocerse mutuamente de una manera que no puede serlo de ninguna otra forma. Participar en la relación sexual no solamente significa descubrir el cuerpo de uno sino también el interior de uno frente al otro. Por esta razón las Escrituras a menudo describen la relación sexual como “conocer” (ver Génesis 4:1), que es el mismo verbo empleado en hebreo para referirse a conocer a Dios.

La Biblia condena el sexo fuera del matrimonio.

Ya que el sexo representa la más íntima de todas las relaciones interpersonales, el expresar la unidad de “una sola carne” en total compromiso, no puede ser expresada o experimentada en una unión sexual casual donde la interacción es puramente recreativa o comercial. La única experiencia de unión en relaciones tales es la de inmoralidad.

La inmoralidad sexual es seria, porque afecta al individuo más profunda y permanentemente que cualquier otro pecado. Como lo dice Pablo: “Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca” (1 Corintios 6:18). Algunos podrían decir que también la glotonería y las borracheras afectan a la persona por dentro. Sin embargo, estos no tienen los mismos efectos permanentes sobre la personalidad como los que produce el pecado sexual.

La perspectiva bíblica de unidad, intimidad y amor genuino no puede consumarse practicando el sexo fuera del matrimonio o practicándolo con múltiples compañeros. Las parejas comprometidas probablemente dirán que están compartiendo un amor genuino cuando se activan sexualmente antes del matrimonio. Desde una perspectiva cristiana, una pareja comprometida para casarse debe respetarse mutuamente y mirará el compromiso como un tiempo de preparación para el matrimonio, y no como si fuera ya un matrimonio. Hasta que no se tomen los votos matrimoniales, existirá la posibilidad de romper con la relación.

La sexualidad humana es parte de la hermosa creación de Dios. No hay nada pecaminoso en ella. Sin embargo, como todas las buenas dádivas de Dios para los seres humanos, la relación sexual ha llegado a formar parte del perverso plan de Satanás para alejar a la humanidad de las intenciones de Dios. En la relación del hombre y la mujer que se acercan para llegar a ser “una sola carne”, la función del sexo es unificadora y procreadora.

Cuando se viola esa relación, cuando el sexo ocurre fuera de la relación matrimonial, sea premarital o extramarital, violamos el séptimo mandamiento. Eso es pecado, un pecado en contra de Dios, en contra de la otra parte y en contra del cuerpo de uno mismo. Pero la Biblia no nos deja sin esperanza. Nos presenta la gracia de Dios y el poder para reponernos de todo pecado que nos acosa, inclusive el sexual. A pesar de que el pecado sexual deja una cicatriz en la conciencia, y le produce dolor a la otra persona, el verdadero arrepentimiento puede abrir la puerta al perdón de Dios.

No hay pecado, por grande que sea, que la gracia de Dios no pueda sanar y restaurar. Todo lo que tenemos que hacer es asirnos de esa gracia, porque ella nos capacita a utilizar el potencial que Dios ha puesto en nosotros. Lo cual se aplica también al sexo. En una época permisiva en la cual prevalecen la promiscuidad sexual y la licencia, es imperativo que reafirmemos como cristianos nuestro cometido al punto de vista bíblico respecto al sexo como una dádiva divina para ser gozada solamente dentro del matrimonio.

 

Samuel Bacchiocchi (Doctor en Teología de la Pontificia Universidad de Roma) enseña teología e historia de la iglesia en Andrews University, Berrien Springs, Michigan, EE.UU. de N.A. Este artículo es una adaptación del capítulo 3 de su libroThe Marriage Covenant. Se lo puede ordenar a: Biblical Perspectives, 4990 Appian Way, Berrien Springs, MI 49103, EE.UU. de N.A. US$13, porte pagado.