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los adventistas centenarios

Una buena alimentación y confianza en Dios ayudan a alcanzar la longevidad

 

Los Adventistas Centenarios

El año pasado, cuando cumplió 100 años, Marge Jetton renovó su licencia de conducir por cinco años más.  Pero lo que realmente la mantiene activa, según nos dice, es su fe cristiana.  Ella, al igual que otros Adventistas del Séptimo Día- que evitan la comida chatarra y la cafeína- tienden a vivir entre cuatro y diez años más que el promedio de los californianos.  “Necesitamos alguien que nos guíe en esta vida, y necesitamos tener grandes esperanzas”. Dice Marge. “Dios es un buen amigo”

Es viernes por la mañana y Marge Jetton conduce por la autopista de San Bernardino en su Cadillac Seville color malva.  Escudriña el pasaje a través de sus anteojos oscuros, mientras su cabeza apenas sobrepasa el volante.

Marge, quien en septiembre cumplió 101 años, va retrasada para uno de los varios trabajos voluntarios que tiene el día de hoy y conduce rápidamente.  Esta mañana ya ha caminado un kilómetro y medio, ha levantado pesas y ha desayunado su avena.  “No sé bien por qué el Señor me ha concedido el privilegio de vivir tanto”, dice, señalándose a sí misma.  “Pero mire lo que ha hecho”.  Puede que Dios tenga o no tenga que ver con la vitalidad de Martge, pero su religión, seguro que sí.

Marge es una Adventista del Séptimo Día.  Estamos en Loma Linda, California, a medio camino entre Palm Springs y Los Angeles.  Aquí, rodeada de naranjos y normalmente cubierta por un smog color mostaza, vive una muy estudiada comunidad de Adventistas Séptimo Día.

La Iglesia Adventista siempre ha predicado y practicado un mensaje de salud: prohíbe expresamente fumar, consumir alcohol y la ingestión de alimentos bíblicamente “contaminantes”. “La dieta que el Creador escogió para nosotros está constituida por granos, frutas, nueces y vegetales”, escribió Ellen White, una lider influyente que ayudó a conformar la Iglesia Adventista.

Los adventistas también cumplen con el Shabat, interactuando socialmente con otros miembros de la iglesia y disfrutando de un “tiempo de sacralizad” que les ayuda a liberar el estrés.  En la actualidad, la mayoría de los adventistas sigue el estilo de vida prescrito, un testimonio quizás de lo saludable que resulta mezclar la salud con la religión.

Entre 1976 y 1988, los institutos nacionales para la Salud de Estados Unidos patrocinaron un estudio de 34 mil adventistas de California, para ver si su estilo de vida, orientado hacia la salud, incidía en sus expectativas de vida y en los riesgos de enfermedades del corazón y de cáncer.  El estudio encontró que el hábito de los adventistas de comer habichuelas, leche de soya, tomates y otros frutos disminuía su riesgo de contraer ciertos tipos de cáncer.  También sugería que consumir pan de trigo entero, tomar cinco vasos de agua al día, y, lo más sorprendente, el consumo de cuatro porciones de nueces por semana, reducía el riesgo de contraer enfermedades del corazón.  Otra conclusión fue que no comer carnes rojas había coadyuvado para evitar tanto el cáncer como las enfermedades del corazón.

Al final, el estudio llegó a una asombrosa conclusión, afirma Gary Fraser de la Universidad de Loma Linda: el adventista vegetariano promedio vive entre cuatro y 10 años más que el californiano promedio.

Me reúno con Marge en un salón de belleza en Redlands.  Cada viernes, en los últimos 20 años, no ha faltado a su cita de las 8 a.m. con su estilista, Barbara Millar.

Cuando llego, Marge hojea una copia del Reader’s Digest, mientras Bárbara le alisa un mechón de cabellos plateados. “¡Llegas tarde!”, me grita.

“Somos un montón de dinosaurios aquí”, me susurra Bárbara. “Eso lo serás tu”, le contesta, enérgica, Marge. “Yo no.”

Media hora más tarde, con el cabello luciendo como un copo de algodón, Marge me lleva hasta su coche.  No camina, sino que sale pitando con un aire de autosuficiencia.  “Súbete, me ordena, Me puedes ayudar”. Vamos hacia Loma Linda, a un hogar de atención diurna para ancianos, muchos de los cuales son varias décadas más jóvenes que Marge.

Marge abre la cajuela del coche y carga cuatro montones de revistas que reunión durante la semana. “Los ancianitos de aquí las leen y recortan las fotografías para hacer manualidades”, me explica. ¿Ancianitos?

Próxima parada: entregar botellas reciclables a una mujer que vive de la asistencia social y quien luego las cambiará por el dinero de los depósitos.  En el camino, Marge me cuenta que ella nació pobre, hija de un criador y domador de mulas y de una ama de casa de Yuba City, en California.  Trabajó como enfermera, mantuvo a su marido para que estudiara medicina, y crió a dos hijos.  Su esposo James murió dos días antes de cumplir 77 años de casados.  “Por supuesto que de vez en cuando me siento sola, pero para mi eso siempre ha sido un signo de que debo levantarme e ir a ayudar a alguien”

Como muchos adventistas, Marge pasa la mayor parte de su tiempo con otros correligionarios.  “Es difícil tener amigos que no sean adventistas”, dice. “¿Dónde los puede conocer uno?  No hacemos las mismas cosas.”  Como resultado de esto, según afirman los  investigadores, los adventistas aumentan sus posibilidades de longevidad al asociarse con personas que refuerzan sus costumbres saludables.

Al atardecer ya de regreso en Linda Valley Villa, la comunidad de adventistas retirados donde vive, Marge me invita a almorzar.  Nos sentamos aparte, pero una serie de vecinos se acercan a saludar.  Mientras comemos un guisado de tofu y una ensalada verde mixta, le pido a Marge que comparta conmigo su sabiduría de longevidad.

“No he comido carne en 50 años y no como nunca entre comidas”, me dice, mientras le da unos golpecitos a sus dientes perfectos.  “Son todos míos”.  Su trabajo voluntario le ayuda a sobrellevar la soledad que sufren los adultos mayores y le brinda, a la vez, una fuente de motivación, que también es algo de lo que están imbuidas las vidas de otros centenarios exitosos. “Hace mucho tiempo me di cuenta que tenía que salir al mundo”, me dice. “Hace mucho tiempo me di cuenta que tenía que salir al mundo”, me dice. “El mundo no iba a venir a mi”.

Tengo una última pregunta para Marge.  Después de haber entrevistado a más de 50 centenarios en tres continentes, los encontré a todos muy agradables.  No hallé ni un gruñón en el grupo.  ¿Cuál es el secreto para un siglo de simpatía?

“Bueno, me gusta hablar con la gente.  Veo a los extraños como amigos a los que aún no he conocido”. Hace una pausa meditativa.  “Aunque quizás, la gente me pueda mirar y decirse: ¿Por qué esa mujer no se queda callada?”

Fuente: http://www.abo.org.ar/web/NationalGeographicAdv.htm